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воскресенье, 7 июня 2009 г.

PADRES E HIJOS


Mi padre, Reinaldo Pérez Lovelle, nació el 11 de enero de 1945 en un pequeño pueblo de la antigua provincia Oriente llamado Palmarito de Cauto. Todos los pueblos de América Latina se parecen, son como Macondo. Palmarito de Cauto fue creado por un grupo de emigrantes españoles y descendientes de españoles a orillas del río Cauto. Este río era bastante limpio y rápido, pues bajaba de las montañas de la Sierra Maestra, pero en época de sequía parecía más bien un arroyo.. Yo lo conocí ya enorme, muy profundo, pues habían construido en él una enorme presa. Sólo en las montañas el río conservaba sus claras aguas y su fondo estaba cubierto de piedras ovaladas y lisas.
Las casitas del pueblo eran pequeñas, blancas, con portales y sillones para sentarse por las tardes a tomar fresco y balancearse. Casi todas tenían un patio con árboles frutales, palmas de cocos (de allí el nombre de Palmarito, supongo) y un corral para cerdos («machos», como les llamaban allí). También solían criar gallinas y hasta patos, pero no recuerdo que hubiera flores o plantas decorativas.
Mi padre nació en la época de florecimiento del pueblo. Cuba pasaba por un período de crecimiento económico provocado por el aumento del precio del azúcar, y mi abuelo, que era un simple obrero en el central «Miranda», con su sueldo pudo reunir dinero y construir una casa propia. Tenía un portal, cinco habitaciones, salón, comedor y cocina. Después nadie más de nuestra familia pudo volver a hacer semejante proeza. Los sábados había bailes en el parque central del pueblo, los veranos las jóvenes llevaban vestidos blancos de algodón y los muchachos, trajes y sombreros de pajilla.
Mi abuela, Carmen Lovelle, era una mujer bastante extraordinaria, pues hablaba perfectamente en inglés y sabía mecanografía. Estos dos conocimientos le vinieron muy bien años más tarde, cuando murió el abuelo y las clases de inglés y de mecanografía se convirtieron en su única fuente de ingresos. Además, mi abuela era una gran lectora, conocía perfectamente la literatura española y latinoamericana, había leído a los clásicos rusos, Chejov, Tolstoi y Dostoyevski. Fue precisamente mi abuela quien encontró en una biblioteca de Palma Soriano, la ciudad más cercana, libros de Bulgakov en español, publicados en España, y los tomó prestados para siempre. Ya sé que nuestro poeta nacional José Martí dijo que robar libros no era pecado y desde entonces todos le echan la culpa, pero en defensa de mi abuela puedo decir que en aquella ciudad nadie leía a Bulgakov. Así fue como gracias a mi abuela conocí a ese gran escritor ruso, y mi primera lectura de su novela «El maestro y Margarita» fue en español. Mi abuela incluso escribía relatos y era miembro del taller literario de Palma Soriano.
Pienso que le hubiera gustado mucho estudiar en la Universidad, pero en su juventud las mujeres jóvenes debían ante todo casarse y atender a la familia. En su familia hubo 11 hijos, de los cuales era ella la única hija. Mi abuela, a su vez, tuvo cuatro, dos niños y dos niñas, de ellos mi padre era el mayor, y heredó el nombre del padre. Su bisabuelo también se llamaba Reinaldo, y por alguna curiosa razón el padre de mi abuela también llevaba ese nombre. Para no confundirlos, existían diferentes diminutivos: Rey, Reycito, Reinaldito, etc…
En su infancia sus padres tuvieron un café, donde trabajaban los dos. Cuando terminaron los años prósperos, el café quebró, y tuvieron que venderlo, pero ya mi abuela había dejado sus sueños de estudiar en Santiago y se había convertido en una madre de familia.
Otro de sus sueños fue siempre viajar a España, sus padres eran españoles que habían venido a Cuba de Galicia, pero aún quedaban primos y primas en la «Madre Patria», con quienes ella se carteaba. Aunque por parte de mi abuelo había una fuerte tradición mambisa (mi bisabuelo y mi bisabuela, que vivió más de 100 años, estuvieron «alzados»en la Sierra durante la Segunda Guerra de Independencia que terminó en 1898), mi abuela me cantaba canciones españolas y versos de poetas de la generación del 98. Pero podía recitarme de memoria a Rubén Darío: «La princesa está triste, ¿Que tendrá la princesa?»
Además de su afán por los estudios, ella poseía una mente intranquila y una verdadera ansia de descubrir la verdad. Como todos los españoles de esa época, sus padres eran católicos, y mi abuela fue una ferviente católica durante los primeros años de vida de mi padre. Unos años más tarde mi abuela se convirtió en una no menos ferviente protestante, y mi padre fue bautizado nuevamente ya en otra iglesia. Por cierto, la iglesia católica del pueblo yacía en ruinas durante mi infancia, y la protestante seguía funcionando.
Pero mi abuela no paró, pues al lado de la nueva casa que había construido el abuelo se encontraba la logia masona del pueblo, y muy pronto toda la familia se vio involucrada en su labor. Durante muchos años mi abuela trabajó como secretaria en la logia, y una de sus tareas era la correspondencia. Gracias a eso pudo reunir una importante colección de sellos, muchos de los cuales me fueron regalados años más tarde, cuando yo también me dediqué a coleccionarlos.
Pero una de las cosas más importantes de la logia era su biblioteca, donde mi padre, bibliófilo desde pequeño, pasaba casi todo su tiempo libre. Para mi abuelo, que no había leído un libro en su vida, el mayor logro hubiera sido que mi padre trabajara en el Central azucarero, y como algo inalcanzable – que fuera el ingeniero químico del central. De hecho, mi padre a los catorce años se fue a Santiago de Cuba a estudiar química, pero al poco tiempo triunfó la revolución, mi padre terminó sus estudios en La Habana y se fue a Rusia. Quería seguir la carrera de filosofía, pues sin duda había heredado la mente inquieta de mi abuela y sus ansias de descubrir el sentido de la vida. Pero en Rusia pensaban que los estudiante de países capitalistas no podían estudiar esa carrera, Cuba era considerada capitalista, así que tuvo que elegir otra especialidad y escogió sicología.
Para mi abuelo Reinaldo, amante de la caza y de la vida apacible de Palmarito, aquella ciencia era algo completamente incomprensible, nadie en su familia había estudiado en la Universidad. De hecho, en Palmarito de Cauto a todas las personas que leían se las consideraba un poco chifladas. Si a alguien lo veían con un libro, le decían que se iba a volver loco. Pero como en el pueblo la única que leía era mi abuela, los demás habitantes gozaban de una salud mental increíble. Mi abuelo murió convencido de que mi padre había escogido una especialidad completamente inútil.

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