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вторник, 2 июня 2009 г.

Una vida llena de contrastes


Los pensamientos son materiales, y debemos tener cuidado con ellos. A veces pensamos que algo nunca nos sucederá y es eso precisamente lo que nos sucede. Cuando mi madre tenía unos 16 años y era militante del komsomol en una pequeña ciudad a unos 80 kilómetros de Moscú, como estudiante ejemplar fue enviada a Moscú para estudiar en una escuela de jóvenes activistas. Mi madre tenía un expediente ejemplar, en su familia todos eran de origen humilde y su padre había sido policía. En cierta ocasión, durante sus estudios allí, a mi madre le pidieron acompañar a un estudiante extranjero en una excursión por el Kremlin. Se trataba precisamente de un estudiante cubano. Mi madre le acompañó, y le pareció que aquel muchacho era muy feo, muy extraño, y pensó que nunca podría enamorarse de un cubano y mucho menos casarse con él.

Después, ya cuando llevaba viviendo algunos años en Cuba volvió a encontrarse con aquel hombre, y enseguida lo reconoció, y recordó su decisión de no casarse nunca con un cubano.

Unos dos años después de esta excursión mi madre ingresó en la Universidad Estatal de Moscú, en la facultad de periodismo. Un buen día una amiga le pidió que la acompañara a una cafetería, pues un extranjero la había invitado y no quería ir sola. Ella no tenía ningunas ganas de ir, pero finalmente aceptó. El estudiante invitó a su vez a un amigo, mi futuro padre, el cual se presentó como Lalbashal Lalbajadur, y mi madre pensó que seguramente se trataba de un árabe. Además, mi futuro padre le dijo que tenía ya 27 años, y ella pensó: «Tan viejo, tan raro y con ese nombre…» No sospechó durante aquel encuentro que se trataba de un cubano también. Mi padre era un gran bromista, y hacerse pasar por un musulmán le pareció muy divertido. No sé por que se agregó más años, tal vez pensó que eso lo haría más atractivo.

Así fue como se conocieron mis padres, y casi enseguida se casaron. Fue la residencia estudiantil de la Universidad de Moscú mi primera casa, y luego viví un tiempo en casa de mi abuela cubana, pues mi padre se fue a Cuba solo, conmigo, y mi madre debía venir después.

En casa de mi abuela, en Palmarito de Cauto, un pequeño pueblo de la antigua provincia Oriente, no podíamos quedarnos, pues mi padre como psicólogo no tendría allí trabajo, y en La Habana no teníamos dónde vivir. Por eso los primeros dos meses en La Habana vivimos en el hotel Habana Libre, antiguo Habana Hiltón. No recuerdo mi vida en aquel hotel, sé que a mi madre le gustó mucho, pese a las deudas enormes que tuvieron que pagar durante muchos meses, pues no era nada barato, mi madre hablaba con todos en inglés y vivía la dulce vida.

Después estuvimos un tiempo en Mayanima, un barrio muy bonito, situado muy cerca de la playa. Vivíamos en casa de un colega de mi padre. Allí mi madre se hizo muy amiga de Amparo, una española bastante mayor, viuda del antiguo dueño del restaurante Floridita, Constante. Para mi madre, que había leído todas las novelas de Hemingüey, uno de los escritores que estaban de moda en Rusia, eso era algo increíble. Amparo tenía una dama de compañía, una amiga, Mercedes, y las dos se hicieron cargo de enseñarle español y de ayudarla. Mercedes podía venir un día con unos tamales en cazuela que le habían quedado muy buenos, o invitarla a un café con unos buñuelos. Siempre estaban al tanto de sus problemas y trataban de resolverlos. Mi madre les cayó tan bien que Amparo llegó incluso a decir : «Si todos los comunistas son como Viera, ¡yo también quisiera ser comunista!» Aunque, en realidad, las amigas de Amparo y Mercedes eran bastante críticas con los comunistas en general y los soviéticos en particular, una de ellas los acusó de la desaparición del «bacalao con ñame», pues afirmaba que todo el «bacalao con ñame» se exportaba ahora a Rusia. De más está decir que estos productos eran completamente desconocidos para mi madre.

Pero Amparo y Mercedes dentro de muy poco tiempo decidieron irse a Estados Unidos, y le dejaron a mi madre prácticamente gratis una enorme vajilla de porcelana inglesa y un precioso juego de cubiertos de plata. Esta vajilla se rompió toda durante las múltiples mudanzas que tuvimos, pero para Viera los platos rotos siempre fueron una señal de que la buena suerte nos acompañaría. Creo que debimos tener garantizada la buena suerte por un par de decenios.

Al poco tiempo nos mudamos a casa de un antiguo paciente de mi padre, un hombre bastante fuera de lo común. Su nombre era Leonardo Tamayo, era uno de los muchachos campesinos que se unieron en la Sierra Maestra a los alzados y uno de los tres sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia. Años más tarde un pariente suyo, creo que un sobrino, hizo famoso este apellido en todo el mundo, pues fue el primer cubano que voló al espacio.

Tamayo vivía en un barrio residencial de la alta burguesía, y su casa parecía una mansión, con escaleras de mármol, muebles de caoba, enormes salas, chimeneas. Esa casa se la habían dado por sus méritos revolucionarios, pero lo más curioso es que la puerta de entrada no tenía cerradura, y la puerta de cristal de una de las terrazas estaba vacía, o sea que se podía entrar sin la más mínima dificultad. Para que mi madre pudiera estar tranquila, sobre todo cuando oscurecía, Tamayo le había dejado una escopeta. En lo demás, podía hacer lo que quisiera. Y muchas tardes las pasábamos solas en aquella enorme casona, pues mi padre trabajaba muy lejos y solía llegar bastante tarde.

Quedaba el problema del abastecimiento, pues a mi madre le daba vergüenza preguntarle a un héroe de la revolución por temas tan terrenales como la «libreta», la cartilla de racionamiento. Muchas veces sólo teníamos de comida arroz blanco, eso sí, servido sobre un mantel impecable, en platos de porcelana inglesa y con cubiertos de plata.

Una tarde después de una comida muy frugal se apareció nuestro anfitrión, que casi siempre estaba de viaje y a veces no se le veía meses enteros.

-¿Qué pasa, Viera? ¿Por qué estás tan triste? – preguntó.

Esta vez mi madre decidió decirle por fin cual era el motivo de su pena, y le contó que la última libra de arroz se había agotado el día anterior, además de tanto comer arroz se sentía como si estuviera en China.

-Pues no hay ningún problema. Eso se resuelve ahora mismo.

Delante de la casa casi siempre había unos pollos y gallinas que paseaban tranquilamente, nadie sabía exactamente a quien pertenecían. Tamayo sacó una pistola, pues siempre iba armado, y disparó. Se escucharon tres tiros y tres pollos cayeron al suelo, los demás salieron corriendo a toda velocidad. Sin decir nada, los recogió, los llevó a la cocina, puso a calentar un cubo de agua, los peló y preparó un fricasé, el más delicioso que habíamos probado.