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понедельник, 23 ноября 2009 г.

MORIRE EN PARIS CON AGUACERO





Siempre me he preguntado cómo lo nacional influye en la persona y en qué consiste eso que llaman “nacionalidad”. Si no me gusta bailar salsa, ¿se me puede considerar cubana? ¿Puedo ser rusa y detestar el vodka? ¿Y por qué no puedo ser simplemente terrícola, sin pertenecer a ningún país concreto?
Hay dos países y dos culturas que han determinado mi carácter y mi vida y me han marcado profundamente. Estos dos países, además, son completamente diferentes: los dos polos opuestos que he tenido que ensamblar en mi mundo interior. Uno de ellos es frío y muy grande, el más grande del mundo y, para colmo, el más frío. El otro es pequeño, es una isla en el trópico, “el país del eterno verano”. El primero es Rusia, donde nací en 1968, y el otro es Cuba, donde viví más de 20 años y que abandoné en 1989. En cuanto a la forma de ser, no hay personas que se parezcan menos que los habitantes de estos países. Los cubanos son alegres, abiertos, vivos; les gusta divertirse, bailar. Los rusos son muy cerrados, cuando no conocen a una persona son incapaces de hablarle, son poco predecibles en sus acciones, tienen cambios muy repentinos de humor, pueden pasar rápidamente de la tristeza más infinita a la alegría sin aparente causa, y son dados a la depresión. Dicen que el clima determina el carácter de la gente y por eso la del sur es más comunicativa y alegre que la del norte. Para mí, que tengo ambas culturas en la sangre, resulta verdaderamente problemático combinar el carácter cerrado de los rusos con la jovialidad de los cubanos. Por eso soy alegre, pero muy tímida. Cuando vivía en Cuba, me gustaba bailar, pero me daba vergüenza que me miraran. Siento simpatía por la gente que me rodea, pero me resulta difícil hablar con un desconocido y durante muchos años no tuve amigos.
Como viví la primera parte de mi vida en Cuba, hasta los 21 años, prácticamente no conocía la Rusia real, pero me consideraba una rusa (no de físico, pues soy morena, pero sí de carácter). Nada más alejado de la realidad: el carácter de los rusos es como lo describe Dostoyevski, son como Raskolnikov y Sonia Marmeladova a la vez. Venir a Rusia significó para mí descubrir que en realidad era cubana.
En mi infancia, las pocas veces que vine de vacaciones, no me permitieron conocer a la gente ni ver el país; iba por uno o dos meses a casa de mi abuela, veía a mis tíos, a mis primos, visitaba la Plaza Roja, algún teatro y ya. Tenía una imagen de Rusia idealizada y muy literaria, la conocía a través de la literatura del siglo 19 y de inicios del siglo 20. ¡Tanto más grande fue el choque con la vida real de ésta, mi segunda patria!
La primera experiencia desagradable sucedió a los 14 años, cuando decidí quedarme un año para conocer por fin Rusia. No me afectaría en mis estudios, pues en Cuba estaba estudiando en una escuela rusa, y podía vivir con una hermana de mi madre que estaba soltera y con mi abuelo. Mi madre siempre estuvo en contra de ese plan, no sólo porque no quería dejarme sola, sino además porque la adolescencia es de por sí un período difícil, no es el momento más apropiado para vivir sin los padres en un país desconocido, pero mi padre insistió. El pensaba que un año de vida en Rusia me bastaría para no querer nunca vivir en ese país. Mi padre era psicólogo y creo que el hecho de tener un psicólogo en casa complica mucho las cosas, pues dentro de su propia familia nunca se es buen psicólogo. Sin embargo, mi padre casi logró quitarme las ganas de vivir en Rusia, ya que mi vida durante ese año fue muy difícil. Para empezar, mi madre no era de Moscú, era de la periferia, y en la Unión Soviética las ciudades de provincia estaban muy abandonadas (y lo siguen estando hoy en día), el abastecimiento era pésimo, los edificios en malas condiciones. En la escuela donde estudié, en mi grupo había niños que ya eran alcohólicos (¡de 14 años!) y dos niñas eran prostitutas. Cuando me enfermé y me ingresaron en el hospital infantil de esa ciudad, descubrí que aquel lugar era como una filial de la cárcel: los niños estaban ingresados sin los padres, no los dejaban salir a pasear y ¡los obligaban a limpiar el piso! A mí aquello me pareció increíble, que a los pacientes, a los niños, los obligaran a limpiar y me negué. Entonces me prohibieron verme con mi tía (que venía todas las tardes al hospital y me traía de comer) y recibir comida de fuera. Fueron tan ruines que me quitaban lo que ella traía y me llamaban en mi cara “judía” y “armenia” (como soy morena, no les parecía suficientemente rusa y trataban de ofenderme de esa forma). Fue un año muy difícil, el año en que, además, murió Brezhnev, en 1982. Realmente pude ver con mis 14 años qué terrible era aquel sistema, para mí la Unión Soviética se convirtió también en el “imperio del mal”, después de esas experiencias dejé de creer en el socialismo y en todas las ideas que intentaban meternos en la cabeza en la escuela rusa y luego en la Universidad de la Habana. Descubrí que el socialismo era un sistema de cárceles, la escuela era una cárcel, el hospital era otra, el ejército era una cárcel con un régimen a veces peor que en una cárcel real y el grado de libertad dependía del lugar donde te encontraras, pero la única libertad permitida era la libertad interna.
Ahora aquí en Rusia las cosas han cambiado bastante. Precisamente la posibilidad de cambios y de decir lo que pensaba fue lo que me hizo volver a este país, a pesar de la impresión que me había llevado cuando era niña. Mi padre no pudo prever los cambios que ocurrieron en el mundo: la “perestroika”, la caída del muro de Berlín, y mucho menos que él mismo se vería obligado a venir a Rusia y quedarse en ella para siempre…
La vida en Rusia fue y sigue siendo para mí un reto, es una vida complicada, dura, pero que te hace crecer y madurar. Por eso puedo dividir mi vida en dos partes, y a cada una de ellas va a corresponder un país. Mi infancia y adolescencia pasaron en Cuba, y Cuba es para mí el maravilloso país de la niñez, ese país al que todos quisiéramos volver un día. El país de nunca-jamás, el de Peter Pan. Rusia es la madurez y es siempre un examen, es el inexplicable mundo de “Las almas muertas” de Gogol; cada año al finalizar el invierno piensas: ¡he sobrevivido un año más!, y a la vez te sientes orgullosa de haberlo logrado.
Mis primeros años de vida fueron muy felices. Soy de esas personas que aman profundamente la naturaleza y pueden sentirse maravillados ante un paisaje o ante una flor, y viví en un barrio que era un inmenso jardín. Es el barrio Cubancán, uno de los barrios residenciales de La Habana, donde antes de 1959 vivía la gente rica y ahora es habitado por los profesores y científicos y la “nueva” gente rica – los funcionarios y los diplomáticos. En ese barrio se encuentra el Instituto Médico “Victoria de Girón”, donde trabajaba mi padre, y por eso fue que nos dieron casa en un lugar tan privilegiado. La casa era muy grande, color rosa, y la compartíamos con otra familia de profesores de Girón. Delante de la casa crecía un enorme árbol de flamboyán, sus ramas cubrían toda la parte derecha del tejado y sus flores rojas eran como llamas de fuego cada vez que florecía. Me resultaba muy intrigante el hecho de que en cada flor hubiera, además de los pétalos rojos, un pétalo multicolor, de fondo blanco, con franjas de todos los colores del arco iris. Para mí era un pétalo mágico, un pétalo que se puede lanzar al viento y pedir un deseo, como en un cuento ruso que había leído una vez: “La flor de los siete pétalos”. Aunque el flamboyán tuviera sólo un pétalo mágico en cada flor, en esa época había suficientes flores en mi árbol para que se cumplieran todos mis deseos.
Había otro árbol con flores al final del jardín, eran flores blancas, grandes y tenían muy buen olor. Las llamábamos margaritas, pero creo que deben tener otro nombre, no estoy muy segura. Ese era el árbol dónde jugábamos a las casas y yo era como el personaje de Pedro Luis Ferrer en su “Romance de la niña mala”: la niña que trepaba a los árboles, a los tejados, que tiraba piedras y se peleaba con otros niños.
En los árboles vivían los animales que más me gustaban después de los perros y los gatos que vi en mi casa durante toda esa época, y eran los lagartos. Todo mi tiempo libre lo dedicaba a cazarlos y tenía mucha destreza. No pasaba un día sin que cazara uno. Me gustaban los verdes, los que podían cambiar de color; los que eran grises no cambiaban y ya no me gustaban tanto. Los cazaba para llevarlos a mi casa, siempre quise que viviera uno conmigo, en mi cuarto. Además, como ellos a su vez cazaban mosquitos, me parecía que un lagarto en mi habitación podría estar siempre bien alimentado y a la vez habría menos insectos (había una cantidad bastante grande, luego hubo cada vez menos por la lucha contra el Dengue, enfermedad que se transmitía a través de sus picadas, y junto con los mosquitos desaparecieron también las mariposas y las libélulas).
También venían a nuestro jardín de vez en cuando los zun-zunes, unos pájaros muy pequeños y muy hermosos que se llaman también colibríes. El zun-zun es el pájaro más pequeño del mundo, se alimenta del néctar de las flores como una mariposa. Además, cuando vuela, mueve tan rápido las alas que éstas no se ven, sólo se ve un cuerpecito verde y brillante suspendido en el aire, y un pico muy largo que se sumerge en las flores por un instante y luego el pájaro desaparece como por arte de magia.
En el mundo de mi infancia casi no habitaban personas, las personas mayores existían en una dimensión paralela, y los otros niños, al parecer, no tenían mucha entrada en ese jardín multicolor. Tampoco recuerdo que jugara a las muñecas, nunca me gustaron mucho. Los juegos con otros niños los descubrí años más tarde, cuando empecé a ir a la escuela y mi visión del mundo ya había cambiado. Todo a mi alrededor seguía siendo armoniosos y limpio, pero yo era otra. Me sentía fuera de la naturaleza. Una vez, al atardecer, mirando las nubes blancas que pasaban encima de mí, pensé que querría ser como ellas, blanca, limpia, y sentí para mis adentros que aquello era imposible. ¿Y por qué no puedo ser limpia como una de esas nubes blancas, si no he hecho nada malo?- pensé para mis adentros. No encontraba la respuesta. Fue un sentimiento de asombro que recuerdo hasta hoy, como de haber descubierto una verdad que es imposible explicar, pero que presientes como muy importante. Años más tarde, cuando estudié un poco la Biblia, el pecado original, eso me explicó por qué me sentía sucia y no podía ser blanca como una nube, pero el recuerdo de aquella tarde quedó para siempre grabado en mi mente como el descubrimiento de mi mundo interior que no dependía de la naturaleza que me rodeaba.
Los niños de mi barrio me trataban como si fuera diferente a ellos, nuestra amistad era muy superficial, creo que porque yo era bastante seria y además era la única niña que había estado fuera de Cuba, que había hecho un viaje en avión, que había visto el mundo. Un poco para molestarme, me preguntaban: “¿pero has visto la nieve?”, y sí que la había visto, de pequeña, a los 4 años, cuando viví en Rusia un año entero. Y eso les daba envidia porque en Cuba todos sueñan con ver la nieve y jugar con ella. Les parece que la nieve es una maravilla. En cambio aquí en Rusia, cuando estás casi 6 meses rodeada de nieve, realmente quisieras un poco de sol y de calor.
A mí más que la nieve siempre me ha gustado el mar, el mar cálido que también formaba parte de mi mundo infantil. Los primeros meses en Moscú me resultaba difícil concebir que no tuviera mar, cuando iba en un coche me daba cuenta de que había estado buscándolo con la mirada y me parecía que debía estar cerca, que sólo bastaba con subir por aquella calle para que se abriera el horizonte a las olas y el olor salobre me invadiera, pero todo era en vano. Era raro no tener el mar al alcance de la mirada. Una ciudad sin mar es para mí una ciudad cerrada, como un laberinto sin salida.
Mis primeros años en Cuba habían pasado en un barrio de la costa habanera, en Mayanima, y esa sensación de espacio enorme, de libertad que te da la visión del océano, es la visión de felicidad que tengo hasta el día de hoy. El mar es la felicidad y cuando puedo pasarme una temporada en la playa, lo hago sin falta. He estado muchas veces en el mar Negro, en el Báltico, en el mar Rojo (en Egipto) y en el mar Mediterráneo (en España).
En la playa de Mayanima viví casi un año y recuerdo que había cientos de cangrejos que por las tardes salían a pasear y a buscar alimento, así que la arena parecía desplazarse junto a ellos. Era la playa de los cangrejos. Después dejó de serlo, creo que se los comieron todos durante los años 70. Había un cangrejo que era fumador, pues se robaba las colillas de mi padre y se las llevaba a su cueva, y una mariposa borracha que se posaba en su vaso de cerveza y se bebía los restos. Era una mariposa nocturna enorme, negra, de esas que miden más de 10 centímetros, y me parecía completamente natural que se bebiera hasta un vaso entero. (Claro que era mi padre el que se había bebido el vaso, pero le gustaba bromear y yo me lo creía).
En esa época empezaron las preguntas tontas de las personas mayores. Siempre me resultó muy difícil responder a preguntas tontas. Hay gente que hace preguntas porque no sabe cómo hablar con un niño. La pregunta más tonta era la de mi nacionalidad: ¿Tú eres rusa o cubana? Como si eso dependiera de mí. Como si de eso dependiera algo. Si digo que soy rusa o que soy cubana, eso no cambia nada dentro de mí. Normalmente la gente pregunta estas cosas como si la respuesta fuera evidente. Es como cuando a un niño le preguntan a quién quiere más, a su mamá o a su papá. Es un jueguito de las personas mayores para ver sufrir a los niños, pues si alguien debe decidir entre dos seres tan importantes como lo son los padres, realmente se ve en un apuro. Igualmente a la hora de escoger a qué nación pertenecer si tus padres provienen de países diferentes. No sabría por cuál decidirme, más cuando se trata de dos culturas tan singulares como la rusa y la cubana. ¿Qué prefiero, la literatura rusa del siglo 19 o los carnavales en los pueblos pequeños de Oriente, donde todo el mundo sale a bailar a las calles? Pues me quedo con los dos, porque los dos me gustan. Elegir entre Rusia y Cuba sería como elegir entre mi padre y mi madre, entre mi padre cubano y mi madre rusa. Escoger a uno sería traicionar al otro, por eso prefiero decir que soy las dos cosas a la vez. Soy mitad rusa y mitad cubana, como aquellos animales míticos que eran hombre y animal a la vez, soy “polovina”, como se les llama en Cuba a los descendientes de rusos y cubanos, soy “mitad”, mitad persona y mitad animal. Claro que me gustaría ser la mitad de un animal más o menos simpático, un perro o un caballo, por ejemplo, o de un león o una leona, y no de una serpiente…
En Mayanima vivimos “prestados” en casa de un colega de mi padre hasta que cumplí los cuatro años y los recuerdos de la mariposa y del cangrejo son anteriores a esa edad. Al principio mi madre no trabajaba, la recuerdo lavando a mano en un lavadero y yo metida en un cubo de agua donde cabía completa, así que era bien pequeña. Cuando paseábamos por nuestro barrio, situado bastante cerca del mar, la gente nos miraba con mucha curiosidad y hacía comentarios en voz alta, como mi madre no hablaba todavía español, podía decir lo que quisiera. Pero yo sí que los entendía. Los niños que vivían allí me gritaban casi siempre “la rusita”, “allí va la rusita”, aunque físicamente de rusa no tengo nada, como he dicho ya. A mí me molestaba mucho que me llamaran así, por eso se me ocurrió la siguiente respuesta: “Yo no soy ninguna rusita. ¡Me llamo Verónica Pérez Cubana!” En realidad me llamo Verónica Pérez Konina y mi segundo apellido, “Konina”, a la edad de cuatro años me sonaba casi igual a “cubana”. Era curioso que precisamente se tratara de mi apellido ruso, el apellido de mi madre.
Cuando vivía en Cuba nunca me gustó sentirme rusa entre cubanos; a diferencia de mi madre, que nunca quiso dejar de ser “extranjera”. Siempre me he sentido atraída por la gente “de a pie”, por la gente de la calle, a pesar de ser de una familia de profesores universitarios. Tal vez porque la vivienda que nos dieron se encontraba en un barrio residencial de antiguos “burgueses” y en mi barrio sólo vivían profesores, deseaba salir de ese oasis “pequeño burgués” de Cubanacán y enterarme de cómo vivía la gente “normal”, sentía mucha curiosidad por saber cómo vivían los que no tenían padres universitarios
Mi padre era de la parte oriental de la isla, de un pueblo muy pequeño llamado Palmarito de Cauto, cerca de Santiago, y como había estudiado en Rusia psicología, en su pueblo no tenía nada qué hacer, ni siquiera tenían un hospital, mucho menos una consulta psiquiátrica... Por eso tuvo que buscar trabajo en la capital. Así que mis padres también eran en la Habana personas venidas de fuera, mi madre con su estatus de extranjera, a la que todos envidiaban por tener más posibilidades de “conseguir” alimentos, sobre todo, en un país donde la comida siempre fue y sigue siendo un problema. Mi padre, “oriental”, de esos que habían venido a conquistar la capital, fue una persona que se formó gracias a la revolución, pues pudo ir a estudiar gratis una carrera universitaria a otro país, pudo obtener una vivienda en La Habana, realizarse como profesional. Nada de eso hubiera podido hacer sin la revolución, ya que su padre era un simple obrero azucarero y lo más que soñaba para su hijo es que fuera un tecnólogo del central. El hecho de que personas como mi padre se hayan visto obligadas a dejar su país demuestra que algo anda mal, si no fuera por el “período especial”, él nunca se hubiera ido. ¡Y qué duro es emigrar con 50 años, cuando ya has vivido la mayor parte de tu vida!
Así que siempre he sido una persona venida de fuera, en Rusia porque vine de Cuba, y en Cuba por mi madre rusa y mi padre oriental. He sido una emigrante interna, porque he tenido mi propia visión de las cosas. Puedo decir que siempre me he sentido un poco extranjera, “demasiado rusa para ser cubana y demasiado cubana para ser rusa”, parafraseando a una poeta norteamericana de origen cubano. Pero he tratado también de traspasar esa frontera, de ser como todos. Mi lema ha sido como en la canción de Celia Cruz: “Ay, no hay que llorar, que la vida es un carnaval, y las penas se van cantando…” En cada cultura hay algo importante que aporta ese país a la cultura universal, y en Cuba es precisamente ese júbilo, esa capacidad de alegrarse en cualquier circunstancia. En Rusia la gente no tiene esa capacidad de alegrarse, son personas más amargadas, más amargas. Pero tienen una mentalidad más universal, más filosófica. Puedo decir que viviendo en Cuba siempre añoré Rusia, y en Rusia vivo añorando mi Cuba. Una vez vi en la televisión rusa una entrevista con Andy García, actor norteamericano de origen cubano, que dijo que para él su padre había sido ese pedacito de patria que había sacado de Cuba. No recuerdo exactamente sus palabras, ese era el sentido general, pero para mí aquello sonó como si lo hubiera dicho yo misma. Yo también tuve la suerte de poder sacar de Cuba a mi padre, que vivió en Moscú casi 10 años, y cuando murió, en el año 2004, sentí como si hubiera perdido ese pedazo de patria que él representaba para mí. Fue algo repentino, nadie se lo esperaba, y en aquel entonces me dolía tanto pensar que se quedaría para siempre en esta tierra tan fría e inhóspita, que hubiera dado mucho por poder trasladar su cuerpo a la tierra donde había nacido. El siempre quiso volver a Cuba, aunque fuera de visita, y nunca quiso estar enterrado en Rusia, quedar aquí para siempre.
El día que lo enterramos era un día lluvioso de marzo, el cielo estaba gris y caía una nieve dura como de escarcha, la fosa estaba llena de agua helada y sucia. Los enterradores habían disimulado un poco el charco en el fondo de la fosa con ramas de pino, las únicas ramas verdes en esa temporada, pero me resultaba tan doloroso ver ese hueco negro en la tierra que me daban ganas de gritar. Por eso no pude ver el momento en que bajaron el féretro y empezaron a tirarle la tierra encima. Sólo miré cuando estaba ya formada una loma bastante grande de tierra húmeda. Era esa humedad tan típica de Moscú que te cala hasta los huesos, todos estábamos congelados ya, y qué angustioso me resultaba pensar que sus huesos se quedarían para siempre en ese lugar tan frío. ¿O es que después de muerto eso ya no le importaba? “Moriré en París con aguacero, un día del que tengo ya el recuerdo…” Vallejo fue el poeta preferido de mi padre, y ese poema siempre le gustó recitarlo de memoria… Fue en Rusia, con una lluvia helada, con escarcha. En mayo, cuando se secó todo y los árboles se vistieron de verde, fuimos con mi madre y mis hijos a visitar su tumba por primera vez después del entierro. Es que en primavera hay tanto barro que hubiera sido imposible llegar hasta su tumba. En realidad, no sabíamos muy bien qué hacer allí. Limpiar un poco ese montículo de tierra, tirar a la basura los restos de los ramos y coronas, y sentarnos allí en un banco fue lo poco que pudimos hacer en su memoria. No teníamos experiencia de visitar a alguien en el cementerio. Llevábamos unas velas que enterramos en la tierra y encendimos. El viento trataba de apagarlas y nos pareció muy alentador que saliera un lagarto y se quedara largo rato tomando el sol en la tumba, sin notar nuestra presencia. Eso nos pareció una buena señal, como un mensaje del más allá, pero más alentador todavía nos resultó ¡descubrir no muy lejos un monumento con un nombre español! Por supuesto que aquel nombre estaba escrito con caracteres cirílicos, pero no cabía la menor duda, había un tal Antonio Ruiz enterrado muy cerca de mi padre. El hombre había muerto hacía unos 20 años y, según las fechas grabadas en el monumento, podría tratarse de uno de esos “niños de la guerra” españoles que fueron evacuados a Rusia a finales de los años 30 y luego no pudieron volver a su tierra. Y si no era un niño de la guerra, qué más da, era alguien de origen hispano, mi padre ya no estaría tan solo, había alguien más de su misma lengua y de su misma cultura que estaba allí enterrado. Fue una gran alegría para mi madre y para mí hacer ese descubrimiento.
Como dijo María Zambrano: “mi patria es el idioma”, y mi padre tendría allí su pedazo de patria, como lo es para mí ahora en Moscú el Instituto Cervantes, donde trabajo hace casi 4 años, ese pedazo de patria hispana que me ayuda a sobrevivir.
Lo más difícil como emigrante no es tanto el idioma, pues el idioma ruso es como mi segunda lengua y a veces, incluso la primera, sino el hecho de no poder entender a la gente. Si no has vivido en ese país, no has visto las mismas películas que han visto todos, no has escuchado las mismas canciones, no has ido a la misma guardería y a la misma escuela, no tienes mucho en común con la gente y no la entiendes. En Cuba yo podía leer en los rostros de la gente, no hacían falta las palabras para saber qué tipo de personas eran, de qué estrato social, incluso de qué barrio de La Habana. La forma de vestir, el peinado, los gestos – todo formaba parte de un código completamente descifrable.
En Rusia no es así. No comprendo el comportamiento de mi propio marido, que es ruso, y a quien conozco hace ya 17 años. Muchas veces no sé qué esperar de quiénes me rodean, no puedo saber a simple vista si vale la pena tratar o no con una persona. Por eso el emigrante es casi siempre una persona solitaria, como es mi caso. La familia y el trabajo son mis dos únicos consuelos.
Rusia, a pesar de ser un país desarrollado, en cuanto a las relaciones humanas se ha quedado en el medioevo. Los moscovitas todavía pasan como civilizados, están un poco “cepillados” por la cultura general, pero la gente de la periferia, los de mi residencia estudiantil, por ejemplo, eran realmente gente poco civilizada. Cuando vine en 1989 como estudiante cubana al instituto Gorki de literatura, tuve mi segundo choque. No voy a hablar de la higiene, pues cada pueblo tiene sus propias normas y los cubanos somos superhigiénicos, pero aquellos servicios colectivos en los pasillos se parecían a los de una película de terror. Y eso que era la residencia estudiantil del instituto de literatura y quien dice literatura, dice cultura… De vez en cuando los limpiaba una brigada de alcohólicos ex-presidiarios con muy poca experiencia en ese tipo de trabajo, y la cocina creo que no la limpiaban nunca, había manadas de cucarachas y todo estaba siempre enlodado.
Pero fue precisamente la cultura alcohólica rusa, o la falta de cultura, la que más choque me provocó. En Cuba la gente bebe muy poco, no hay comparación, y son incapaces de beber agua de colonia o alguna medicina que contenga alcohol sólo para emborracharse… En Cuba se bebe para luego bailar, divertirse; la bebida es un medio y no un fin. En Rusia se bebe para olvidarse del mundo. Los escritores rusos, además, piensan que el talento puede medirse por la capacidad de beber vodka. Son agresivos, maleducados, muchas veces ignorantes. Claro que no puedo hablar de todos los escritores, pero por lo menos los que salían de mi instituto. En los talleres literarios te podían insultar de la manera más baja y eso le parecía a la gente lo más natural del mundo. El tutor de mi taller, Bitov, siempre decía: “Verónica es una persona occidental”, yo no entendía qué quería decirme con eso. Ahora entiendo que en realidad yo era la única que no comprendía que los rusos pueden insultarse y luego seguir tan frescos como una lechuga. En Rusia la gente es menos hipócrita que en Cuba, prefiere decirte la verdad en la cara, pero casi siempre es una verdad que no quisieras oír, se empeñan en decirte cosas desagradables, nunca te dirán nada bueno. El taller era un sufrimiento para mí. Además, todo lo que presentaba allí tenía que traducirlo al ruso o escribirlo directamente en ruso y no me sentía bien escribiendo en ese idioma. Traté de escribir algunos cuentos en ruso, pero no resultaron muy relevantes.
Así fue como mi carrera literaria se vio interrumpida por casi 15 años, hasta el momento en que pude volver a hablar en español, a pensar en español y a escribir en español, o sea, cuando empecé a trabajar de profesora de español en el Instituto Cervantes y volví a escribir cosas en español.
A veces los estudiantes del Cervantes me hacen preguntas sobre Cuba que siempre trato de evadir. En mi vida cotidiana no hay nada que pueda recordarme mi país y es algo premeditado, pues trato de evitar los recuerdos. Hablar de Cuba me hace sufrir. Sólo los sueños son aquello que no puedo controlar, veo mi país cuando duermo y luego me despierto muy triste. Por suerte, esto ocurre con poca frecuencia. Hablo de Cuba con los alumnos cuando no me queda más remedio. Entre la gente mayor rusa hay muchos que todavía simpatizan con Fidel y la revolución, y si se enteran de que soy cubana, expresan su simpatía por Cuba y por su curso político. Una de estas alumnas ya un poco mayores me contó un día que había visto de lejos a Fidel durante su última visita a Rusia y me confesó su admiración por él. Además, empezó a comparar la situación en Rusia, donde, en su opinión, todo estaba mal, con Cuba, donde todo estaba bien.
“Los chinos tienen un refrán que dice que lo peor para una persona es vivir en un país en época de cambios”- me dijo. “Y Rusia hace muchos años que está en período de cambios, parece que los cambios nunca van a terminar. Por eso estamos tan mal. Afortunados los cubanos, que han podido evitar los cambios”.
Entonces yo no pude contenerme más y le dije: “Los cubanos tenemos muchas esperanzas de llegar a ver también esos cambios y vivirlos en carne propia. Por lo menos yo espero poder ver esos cambios con mis propios ojos. Si mi padre no pudo llegar a verlos, por lo menos yo los veré por él”.
Espero que ese día todos los cubanos de Cuba, de fuera y los “mitad” cubanos estemos juntos y hagamos todo lo posible por tener un futuro feliz.
Verónica Pérez Konina
Moscú, 9 de diciembre de 2006

среда, 17 июня 2009 г.

A CUBA CON UN SAMOVAR


Hay quien dice hoy que los rusos no dejaron nada en Cuba, y es algo con lo que estoy en total desacuerdo y que he escuchado muchas veces de personas muy diferentes. Ante pruebas tan evidentes de lo contrario, como lo son Alamar, un típico barrio de edificios de concreto de cinco pisos que podría estar en cualquier ciudad de Rusia, situado en las afueras de La Habana, estas personas afirman que sí, algo han dejado, pero no es nada bueno. Alamar es un sitio que no le gusta a casi nadie.
En treinta años de relaciones sumamente intensas no es posible que no haya quedado ninguna huella, rastro, deje. Incluso aquellos que no son muy amantes de la cultura rusa y detestan su idioma por impronunciable, y casualmente, muchas veces, son aquellos que añoran el inglés y los country-clubs, deben reconocer que la cultura rusa ha dejado algo, tal vez difícil de definir, un matiz diferente. Es como el revoloteo de las alas de una mariposa en la novela ¨Livadia¨ de José Manuel Prieto, cuyo personaje, un cubano, es contratado para cazar un ejemplar muy raro en Crimea, una alusión directa a Nabokov y su pasión por la entomología. Tal vez sea un sistema de coordenadas diferente, ajeno, pero comprensible para todos los cubanos. O al menos para los cubanos de mi generación, la generación que se hizo adulta poco antes del año 89. Con esta nueva referencia que no debemos olvidar, tal vez podamos comprendernos mejor, vernos desde fuera.
Recuerdo que hace un tiempo estuvo en Moscú una amiga cubana que vive en París, vino a la primera Bienal de Arte Contemporáneo, y lo primero que quiso ver fue la catedral de San Basilio, en el Kremlin. Aunque sé que el Kremlin es el lugar más turístico de la ciudad y visita obligatoria de todo extranjero que arriba a estos lares, pero ¿por qué precisamente dicha catedral? A mi pregunta ella exclamó: «¿No sabes acaso que he crecido viendo esa catedral? ¡Estaba pintada en la sala de mi casa!¿Es que no te acuerdas? Quiero verla por fin en vivo.»
Tenía referencias de que tanto su padre como su tío habían estudiado en la Unión Soviética, en Moscú, y mi madre incluso había conocido al primero de ellos en una fiesta en la Embajada cubana, pero no me acordaba de ese detalle. A su vuelta a Cuba los dos habían decidido adornar la sala de la casona familiar de Boyeros con la imagen de la famosa iglesia rusa. Su padre, no exento de talento artístico, la pintó personalmente a todo lo alto y ancho de la pared. Lo más curioso es que yo había visitado en muchas ocasiones esa casa, y no me percaté de su peculiar decoración . ¿O será que en aquella época, a mediados de los años 80, me pareció algo muy normal? ¿Ver la catedral de San Basilio plasmada en una pared era algo que ni siquiera causaba asombro?
El escritor cubano José Miguel Sánchez hace referencia a este fenómeno en un artículo que se titula “Lo que dejaron los rusos”: «Los mismos cubanos que regresaban contando de la nieve en la Plaza Roja, del lujo increíble de las estaciones del Metro moscovita y de las bellas noches blancas de Leningrado, trajeron, además de cuentos y bellas eslavas embarazadas, todo un flamante concepto de decoración doméstica, junto con toneladas de souvenirs de la riquísima artesanía popular rusa. ¿Quién no tuvo o soñó tener en el aparador de su casa una matrioshka de veinte o más muñequitas? Algunos cubanos fueron más allá y cargaron a su regreso al terruño con titánicos samovares de cobre, con teteras eléctricas y juegos de té y todo. Así, la costumbre de tomar la delicada infusión, que hasta el 59 fue inglesa y aristocrática, se popularizó entre nosotros, y luego se volvió patrimonio de artistas y bohemios tropicales trasnochadores.
Otros, considerando con astucia guajira la relación peso-espacio a cubrir, cargaron con enormes afiches del Kremlin y la policromada catedral de San Basilio que aún hoy se aferran tercamente a algunas paredes habaneras, muy desteñidos por la sobredosis de luz de este implacable trópico. Y hubo otras mil chucherías rusas adornando las salas cubanas: desde cucharas campesinas talladas en madera y reproducciones de llaves de las murallas de ciudades medievales del Báltico, hasta la hoy ultrakitsch agenda con la musiquita de «La Internacional» que muestra henchido de orgullo el personaje de Pistolita interpretado por Enrique Molina, en «Hacerse el sueco», la más reciente comedia de Daniel Díaz Torres .
En los cuartos de las casas cubanas las alfombras, unas de grueso fieltro industrial, y otras notables piezas de artesanía de los pueblos de Asia Central, resistieron largamente una pelea de mono a león con el polvo, el churre y el calor tropicales. Hubo cuernos lituanos para beber hidromiel junto con astas de ciervo y hasta de alce, y cabezas de jabalí para adornar la pared. Tiubeteikas tradicionales uzbekas se colgaron de nuestras sombrereras junto a la boina gallega y el yarey guajiro. Y cuántos gruesos abrigos enguatados y chaikas de piel peluda no permitieron y permiten aún a su orondo y nostálgico poseedor pasearse con la sensación de invulnerabilidad que da una escafandra cósmica en medio de nuestros más helados frentes fríos ¡Nada en comparación con los veintipico bajo cero de Moscú en diciembre! Sin contar con esas botas altas de mujer, interiormente forradas de cálida piel de cordero, verdaderas saunas de torturar pies en este clima, que enmohecieron en los escaparates caribeños mientras su dueña prefería gastar pares y pares de frescas chancletas metedeos, entretanto no había una salida de verdad...”
Las latas de carne prensada, popularmente llamadas “carne rusa”, fueron codiciadas por más de una generación de amas de casa para variar el estricto menú racionado. Incluso cuando empezaron a llegar a la isla conservas chinas, las empezaron a llamar “carne rusa china”(!), nombre difícil de entender para alguien alejado de la realidad cubana, pero éstas últimas ya tenían muy poco de carne y parecían comida del futuro, fueron las premonitoras del picadillo de soja que apareció años más tarde.
Muchos en La Habana recuerdan todavía el famoso restaurante “Moscú”, que se quemó a finales de los ochenta y marcó el final de una época. En él servían la inolvidable “solianka”, admirada por los gourmets capitalinos, “smetana,, “borsh” y muchos otros platos que se hicieron populares.
Las codiciadas revistas “Sputnik”, “Literatura Soviética”, “Mujer Soviética”, “Misha”, a pesar de contar a veces con una traducción algo estrafalaria, desaparecían de los quioscos inmediatamente.
Como afirma el escritor cubano José Miguel Sánchez, “…somos un pueblo que siempre descubre el lado bueno de todo lo que tiene... pero solo después de perderlo.
Porque... confiesen: Entre el clásico cualquier tiempo pasado fue mejor, nuestra eterna manía de defensores de las causas perdidas, y cierto chovinismo de doble moral, que nos permite criticar todo lo que tiene que ver con nosotros... pero al mismo tiempo nos hace salirle al paso muy ofendidos a cualquiera que nos lo critique demasiado... ¿Cuántos de nosotros no nos hemos sorprendido en los revueltos años de fin de milenio, al menos una vez, suspirando de añoranza por algunas de esas cositas made in URSS que tanto criticábamos antes de 1989?”


воскресенье, 14 июня 2009 г.

MI CASA


Mis primeros años de vida en Cuba fueron años de peregrinaje, vivimos en muchos sitios y nos relacionamos con mucha gente. Además, mi madre y yo viajamos a Rusia a ver a mis abuelos. En mi cabeza estaba todo tan revuelto que una vez, cuando se rompió el autobús y nos quedamos a pleno sol en medio de una carretera desconocida, yo le pregunté a mi madre: «¿Y éste, qué país es?»
Cuando por fin nos dieron una casa, viví en un barrio que era un inmenso jardín. Era en Cubancán, uno de los barrios residenciales de La Habana, donde antes de 1959 vivían familias de dinero, después vivieron los «becados», estudiantes de otras provincias eur habían venido a estudiar medicina, y finalmente se instalaron profesores y científicos. La “nueva” gente «acomodada» – los funcionarios y los diplomáticos empezaron a apoderarse de estas casas un poco más tarde, en los años 80. En ese barrio se encontraba el Instituto Médico “Victoria de Girón”, donde trabajaba mi padre, y gracias a ello nos instalaron en un lugar tan privilegiado. La casa era muy grande, color rosa, de dos pisos. En el segundo piso estaban los cuartos de criados, además tenía dos terrazas, un patio interior con lavadero, cocina empotrada, un garaje para dos coches. Un verdadero sueño burgués, aunque más pequeña que las que contruyen actualmente en Rusia los «nuevos rusos». La compartíamos con otra familia de profesores de Girón.
Delante de la casa crecía un enorme árbol de flamboyán, sus ramas cubrían toda la parte derecha del tejado y sus flores rojas eran como llamas de fuego cada vez que florecía. Me resultaba muy intrigante el hecho de que cada flor tuviera, además de los pétalos rojos, un pétalo multicolor, de fondo blanco, con franjas de todos los colores del arcoiris. Para mí era como un pétalo mágico, un pétalo que se puede lanzar al viento y pedir un deseo, como en el cuento ruso “La flor de los siete pétalos”. Aunque en el flamboyán hubiera sólo un pétalo mágico en cada flor, en esa época había suficientes para que se cumplieran todos mis deseos.
Había otro árbol que me gustaba mucho al final del jardín, tenía flores blancas, grandes y muy perfumadas. Las llamábamos margaritas, pero creo que debían tener otro nombre. Ese era el árbol dónde jugábamos a las casas y a los piratas, pues tenía unas ramas muy grandes, a las cuales podíamos trepar. M encantaba subir a los árboles, tirar piedras y recoger ramilletes de flores silvestres.
En los árboles vivían los animales que más me gustaban después de los perros y los gatos, los lagartos. Todo mi tiempo libre lo dedicaba a cazarlos. Me gustaban los verdes, aquellos que podían cambiar de color, adquirían el color de la superficie donde los pusieras, en cambio había otros grises que no cambiaban y resultaban menos interesantes. Los cazaba para amaestrarlos y siempre quise que viviera uno conmigo, en mi cuarto. Me parecía que un lagarto en mi habitación podría estar siempre bien alimentado y a la vez habría menos insectos (había muchísimos mosquitos, luego empezaron a fumigar y hubo cada vez menos.) Pero junto con los mosquitos desaparecieron también las mariposas y las libélulas.
También venían a nuestro jardín de vez en cuando los zun-zunes, unos pájaros muy pequeños y muy hermosos que se llaman también colibríes. El zun-zun es el pájaro más pequeño del mundo, se alimenta del néctar de las flores, como una mariposa. Además, cuando vuela, mueve tan rápido las alas que éstas no se ven, sólo se ve un cuerpecito verde y brillante suspendido en el aire.
Al principio era una «casa colectiva», cada familia tenía dos dormitorios y un baño, y la cocina, el comedor, las salas, el recibidor, las terrazas eran de todos. A mí me gustaba mucho que viviéramos juntos, era muy divertido, sobre todo por las tardes, cuando venían todos del trabajo y se reunían para cenar. En la casa no había casi muebles, pero había muchas sillas,y casi siempre teníamos invitados. A menudo por las tardes cortaban la luz, entonces encendíamos velas, charlábamos y y cantábamos. A mi me dejaban quedarme hasta tarde con los mayores, pues le tenía miedo a la oscuridad. Mi casa tenía un aire de residencia estudiantil.
Pero una casa «colectiva» resulta muy molesta para la vida familiar, y nuestra pequeña comuna fue deteriorandose cada vez más. Finalmente la casa fue dividida en dos partes, cada una con entrada independiente, y nuestra vivienda se volvió completamente nuestra. En esta parte de la casa había un salón con una pared de piedra natural, rústica, muy bonito. Entre las piedras había una que sobresalía, las demás eran más o menos del mismo nivel, y comentábamos que cuando nos fuéramos de allí, deberíamos sacar esa piedra y ver si había algo debajo de ella. En aquellos años aún podían encontrarse cosas de valor guardadas por los antiguos dueños de esas casas. Lo más curioso es que en ningún momento pensamos dejar la casa e irnos a vivir a otro sitio, pero cuando nos fuimos todos definitivamente, nadie fue capaz de arrancarla.

воскресенье, 7 июня 2009 г.

PADRES E HIJOS


Mi padre, Reinaldo Pérez Lovelle, nació el 11 de enero de 1945 en un pequeño pueblo de la antigua provincia Oriente llamado Palmarito de Cauto. Todos los pueblos de América Latina se parecen, son como Macondo. Palmarito de Cauto fue creado por un grupo de emigrantes españoles y descendientes de españoles a orillas del río Cauto. Este río era bastante limpio y rápido, pues bajaba de las montañas de la Sierra Maestra, pero en época de sequía parecía más bien un arroyo.. Yo lo conocí ya enorme, muy profundo, pues habían construido en él una enorme presa. Sólo en las montañas el río conservaba sus claras aguas y su fondo estaba cubierto de piedras ovaladas y lisas.
Las casitas del pueblo eran pequeñas, blancas, con portales y sillones para sentarse por las tardes a tomar fresco y balancearse. Casi todas tenían un patio con árboles frutales, palmas de cocos (de allí el nombre de Palmarito, supongo) y un corral para cerdos («machos», como les llamaban allí). También solían criar gallinas y hasta patos, pero no recuerdo que hubiera flores o plantas decorativas.
Mi padre nació en la época de florecimiento del pueblo. Cuba pasaba por un período de crecimiento económico provocado por el aumento del precio del azúcar, y mi abuelo, que era un simple obrero en el central «Miranda», con su sueldo pudo reunir dinero y construir una casa propia. Tenía un portal, cinco habitaciones, salón, comedor y cocina. Después nadie más de nuestra familia pudo volver a hacer semejante proeza. Los sábados había bailes en el parque central del pueblo, los veranos las jóvenes llevaban vestidos blancos de algodón y los muchachos, trajes y sombreros de pajilla.
Mi abuela, Carmen Lovelle, era una mujer bastante extraordinaria, pues hablaba perfectamente en inglés y sabía mecanografía. Estos dos conocimientos le vinieron muy bien años más tarde, cuando murió el abuelo y las clases de inglés y de mecanografía se convirtieron en su única fuente de ingresos. Además, mi abuela era una gran lectora, conocía perfectamente la literatura española y latinoamericana, había leído a los clásicos rusos, Chejov, Tolstoi y Dostoyevski. Fue precisamente mi abuela quien encontró en una biblioteca de Palma Soriano, la ciudad más cercana, libros de Bulgakov en español, publicados en España, y los tomó prestados para siempre. Ya sé que nuestro poeta nacional José Martí dijo que robar libros no era pecado y desde entonces todos le echan la culpa, pero en defensa de mi abuela puedo decir que en aquella ciudad nadie leía a Bulgakov. Así fue como gracias a mi abuela conocí a ese gran escritor ruso, y mi primera lectura de su novela «El maestro y Margarita» fue en español. Mi abuela incluso escribía relatos y era miembro del taller literario de Palma Soriano.
Pienso que le hubiera gustado mucho estudiar en la Universidad, pero en su juventud las mujeres jóvenes debían ante todo casarse y atender a la familia. En su familia hubo 11 hijos, de los cuales era ella la única hija. Mi abuela, a su vez, tuvo cuatro, dos niños y dos niñas, de ellos mi padre era el mayor, y heredó el nombre del padre. Su bisabuelo también se llamaba Reinaldo, y por alguna curiosa razón el padre de mi abuela también llevaba ese nombre. Para no confundirlos, existían diferentes diminutivos: Rey, Reycito, Reinaldito, etc…
En su infancia sus padres tuvieron un café, donde trabajaban los dos. Cuando terminaron los años prósperos, el café quebró, y tuvieron que venderlo, pero ya mi abuela había dejado sus sueños de estudiar en Santiago y se había convertido en una madre de familia.
Otro de sus sueños fue siempre viajar a España, sus padres eran españoles que habían venido a Cuba de Galicia, pero aún quedaban primos y primas en la «Madre Patria», con quienes ella se carteaba. Aunque por parte de mi abuelo había una fuerte tradición mambisa (mi bisabuelo y mi bisabuela, que vivió más de 100 años, estuvieron «alzados»en la Sierra durante la Segunda Guerra de Independencia que terminó en 1898), mi abuela me cantaba canciones españolas y versos de poetas de la generación del 98. Pero podía recitarme de memoria a Rubén Darío: «La princesa está triste, ¿Que tendrá la princesa?»
Además de su afán por los estudios, ella poseía una mente intranquila y una verdadera ansia de descubrir la verdad. Como todos los españoles de esa época, sus padres eran católicos, y mi abuela fue una ferviente católica durante los primeros años de vida de mi padre. Unos años más tarde mi abuela se convirtió en una no menos ferviente protestante, y mi padre fue bautizado nuevamente ya en otra iglesia. Por cierto, la iglesia católica del pueblo yacía en ruinas durante mi infancia, y la protestante seguía funcionando.
Pero mi abuela no paró, pues al lado de la nueva casa que había construido el abuelo se encontraba la logia masona del pueblo, y muy pronto toda la familia se vio involucrada en su labor. Durante muchos años mi abuela trabajó como secretaria en la logia, y una de sus tareas era la correspondencia. Gracias a eso pudo reunir una importante colección de sellos, muchos de los cuales me fueron regalados años más tarde, cuando yo también me dediqué a coleccionarlos.
Pero una de las cosas más importantes de la logia era su biblioteca, donde mi padre, bibliófilo desde pequeño, pasaba casi todo su tiempo libre. Para mi abuelo, que no había leído un libro en su vida, el mayor logro hubiera sido que mi padre trabajara en el Central azucarero, y como algo inalcanzable – que fuera el ingeniero químico del central. De hecho, mi padre a los catorce años se fue a Santiago de Cuba a estudiar química, pero al poco tiempo triunfó la revolución, mi padre terminó sus estudios en La Habana y se fue a Rusia. Quería seguir la carrera de filosofía, pues sin duda había heredado la mente inquieta de mi abuela y sus ansias de descubrir el sentido de la vida. Pero en Rusia pensaban que los estudiante de países capitalistas no podían estudiar esa carrera, Cuba era considerada capitalista, así que tuvo que elegir otra especialidad y escogió sicología.
Para mi abuelo Reinaldo, amante de la caza y de la vida apacible de Palmarito, aquella ciencia era algo completamente incomprensible, nadie en su familia había estudiado en la Universidad. De hecho, en Palmarito de Cauto a todas las personas que leían se las consideraba un poco chifladas. Si a alguien lo veían con un libro, le decían que se iba a volver loco. Pero como en el pueblo la única que leía era mi abuela, los demás habitantes gozaban de una salud mental increíble. Mi abuelo murió convencido de que mi padre había escogido una especialidad completamente inútil.

вторник, 2 июня 2009 г.

Una vida llena de contrastes


Los pensamientos son materiales, y debemos tener cuidado con ellos. A veces pensamos que algo nunca nos sucederá y es eso precisamente lo que nos sucede. Cuando mi madre tenía unos 16 años y era militante del komsomol en una pequeña ciudad a unos 80 kilómetros de Moscú, como estudiante ejemplar fue enviada a Moscú para estudiar en una escuela de jóvenes activistas. Mi madre tenía un expediente ejemplar, en su familia todos eran de origen humilde y su padre había sido policía. En cierta ocasión, durante sus estudios allí, a mi madre le pidieron acompañar a un estudiante extranjero en una excursión por el Kremlin. Se trataba precisamente de un estudiante cubano. Mi madre le acompañó, y le pareció que aquel muchacho era muy feo, muy extraño, y pensó que nunca podría enamorarse de un cubano y mucho menos casarse con él.

Después, ya cuando llevaba viviendo algunos años en Cuba volvió a encontrarse con aquel hombre, y enseguida lo reconoció, y recordó su decisión de no casarse nunca con un cubano.

Unos dos años después de esta excursión mi madre ingresó en la Universidad Estatal de Moscú, en la facultad de periodismo. Un buen día una amiga le pidió que la acompañara a una cafetería, pues un extranjero la había invitado y no quería ir sola. Ella no tenía ningunas ganas de ir, pero finalmente aceptó. El estudiante invitó a su vez a un amigo, mi futuro padre, el cual se presentó como Lalbashal Lalbajadur, y mi madre pensó que seguramente se trataba de un árabe. Además, mi futuro padre le dijo que tenía ya 27 años, y ella pensó: «Tan viejo, tan raro y con ese nombre…» No sospechó durante aquel encuentro que se trataba de un cubano también. Mi padre era un gran bromista, y hacerse pasar por un musulmán le pareció muy divertido. No sé por que se agregó más años, tal vez pensó que eso lo haría más atractivo.

Así fue como se conocieron mis padres, y casi enseguida se casaron. Fue la residencia estudiantil de la Universidad de Moscú mi primera casa, y luego viví un tiempo en casa de mi abuela cubana, pues mi padre se fue a Cuba solo, conmigo, y mi madre debía venir después.

En casa de mi abuela, en Palmarito de Cauto, un pequeño pueblo de la antigua provincia Oriente, no podíamos quedarnos, pues mi padre como psicólogo no tendría allí trabajo, y en La Habana no teníamos dónde vivir. Por eso los primeros dos meses en La Habana vivimos en el hotel Habana Libre, antiguo Habana Hiltón. No recuerdo mi vida en aquel hotel, sé que a mi madre le gustó mucho, pese a las deudas enormes que tuvieron que pagar durante muchos meses, pues no era nada barato, mi madre hablaba con todos en inglés y vivía la dulce vida.

Después estuvimos un tiempo en Mayanima, un barrio muy bonito, situado muy cerca de la playa. Vivíamos en casa de un colega de mi padre. Allí mi madre se hizo muy amiga de Amparo, una española bastante mayor, viuda del antiguo dueño del restaurante Floridita, Constante. Para mi madre, que había leído todas las novelas de Hemingüey, uno de los escritores que estaban de moda en Rusia, eso era algo increíble. Amparo tenía una dama de compañía, una amiga, Mercedes, y las dos se hicieron cargo de enseñarle español y de ayudarla. Mercedes podía venir un día con unos tamales en cazuela que le habían quedado muy buenos, o invitarla a un café con unos buñuelos. Siempre estaban al tanto de sus problemas y trataban de resolverlos. Mi madre les cayó tan bien que Amparo llegó incluso a decir : «Si todos los comunistas son como Viera, ¡yo también quisiera ser comunista!» Aunque, en realidad, las amigas de Amparo y Mercedes eran bastante críticas con los comunistas en general y los soviéticos en particular, una de ellas los acusó de la desaparición del «bacalao con ñame», pues afirmaba que todo el «bacalao con ñame» se exportaba ahora a Rusia. De más está decir que estos productos eran completamente desconocidos para mi madre.

Pero Amparo y Mercedes dentro de muy poco tiempo decidieron irse a Estados Unidos, y le dejaron a mi madre prácticamente gratis una enorme vajilla de porcelana inglesa y un precioso juego de cubiertos de plata. Esta vajilla se rompió toda durante las múltiples mudanzas que tuvimos, pero para Viera los platos rotos siempre fueron una señal de que la buena suerte nos acompañaría. Creo que debimos tener garantizada la buena suerte por un par de decenios.

Al poco tiempo nos mudamos a casa de un antiguo paciente de mi padre, un hombre bastante fuera de lo común. Su nombre era Leonardo Tamayo, era uno de los muchachos campesinos que se unieron en la Sierra Maestra a los alzados y uno de los tres sobrevivientes de la guerrilla del Che en Bolivia. Años más tarde un pariente suyo, creo que un sobrino, hizo famoso este apellido en todo el mundo, pues fue el primer cubano que voló al espacio.

Tamayo vivía en un barrio residencial de la alta burguesía, y su casa parecía una mansión, con escaleras de mármol, muebles de caoba, enormes salas, chimeneas. Esa casa se la habían dado por sus méritos revolucionarios, pero lo más curioso es que la puerta de entrada no tenía cerradura, y la puerta de cristal de una de las terrazas estaba vacía, o sea que se podía entrar sin la más mínima dificultad. Para que mi madre pudiera estar tranquila, sobre todo cuando oscurecía, Tamayo le había dejado una escopeta. En lo demás, podía hacer lo que quisiera. Y muchas tardes las pasábamos solas en aquella enorme casona, pues mi padre trabajaba muy lejos y solía llegar bastante tarde.

Quedaba el problema del abastecimiento, pues a mi madre le daba vergüenza preguntarle a un héroe de la revolución por temas tan terrenales como la «libreta», la cartilla de racionamiento. Muchas veces sólo teníamos de comida arroz blanco, eso sí, servido sobre un mantel impecable, en platos de porcelana inglesa y con cubiertos de plata.

Una tarde después de una comida muy frugal se apareció nuestro anfitrión, que casi siempre estaba de viaje y a veces no se le veía meses enteros.

-¿Qué pasa, Viera? ¿Por qué estás tan triste? – preguntó.

Esta vez mi madre decidió decirle por fin cual era el motivo de su pena, y le contó que la última libra de arroz se había agotado el día anterior, además de tanto comer arroz se sentía como si estuviera en China.

-Pues no hay ningún problema. Eso se resuelve ahora mismo.

Delante de la casa casi siempre había unos pollos y gallinas que paseaban tranquilamente, nadie sabía exactamente a quien pertenecían. Tamayo sacó una pistola, pues siempre iba armado, y disparó. Se escucharon tres tiros y tres pollos cayeron al suelo, los demás salieron corriendo a toda velocidad. Sin decir nada, los recogió, los llevó a la cocina, puso a calentar un cubo de agua, los peló y preparó un fricasé, el más delicioso que habíamos probado.

суббота, 30 мая 2009 г.

POR LOS DERECHOS Y LA LIBERTAD DE CUBA.

Pedimos a todas las personas e instituciones defensoras de los derechos civiles en el mundo que contribuyan a esta movilización, y llamamos al gobierno cubano a:
- Liberar a los presos políticos en Cuba
- Levantar las prohibiciones que impiden a los cubanos entrar y salir de su país
- Levantar las prohibiciones de acceso a Internet para los cubanos

CENTENAS DE BLOGS Y SITIOS WEB SE HAN SUMADO A LA MOVILIZACION.
UNETE Y PARTICIPA.

INFORMACION en el blog de la movilizacion http://resistenciacuba.blogspot.com/ y en http://cubainglesa.blogspot.com/

суббота, 23 мая 2009 г.

ENCUENTROS


Antes del triunfo de la Revolución no eran muchas las mujeres que trabajaban en Cuba fuera de casa, la mayoría se limitaba a las faenas del hogar. Pero una de las metas del nuevo gobierno era que las mujeres pudieran trabajar sin preocuparse por sus hijos. Se abrieron en las ciudades círculos infantiles (guarderías) y colegios seminternados, donde las clases terminaban a las 5 de la tarde.

Igual que miles de mujeres cubanas, mi madre también empezó su vida laboral, y a mí me matricularon en un círculo infantil en el municipio Playa que nos quedaba más o menos cerca. Mi madre debía llevarme por la mañana hasta el círculo, y mi padre estaba encargado de recogerme por la tarde. Recuerdo muy poco aquel lugar, muy pocos detalles: era un edificio de hormigón pintado de colores horribles, olía mal, a comida rancia, y nos bañaban juntos a los niños y las niñas en la misma ducha.

Mi estancia allí duró muy poco, dos o tres días solamente. Esta parte de la historia la sé gracias a mi padre, pues mi mente tiene una feliz capacidad de borrar recuerdos desagradables. Un día él vino a recogerme un poco más temprano, y descubrió que la «seño», la mujer encargada de cuidarnos, estaba realizando un experimento con nosotros. Estábamos todos sentados en círculo alrededor de ella, en el suelo, y al primero que intentaba moverse o decir algo ella lo golpeaba con una vara de madera, de esas que sirven de puntero, en la cabeza. No era un golpe demasiado fuerte, no dejaba huellas, era un simple «cocotazo» que nos mantenía «tranquilos». Mi padre, que además era psicólogo, decidió que a aquel «círculo» yo no iría más.

Así fue como apareció en mi vida Josefa, una ucraniana de más de 70 años, la mujer más trabajadora que he conocido en mi vida, mi abuela postiza. Josefa era de Ucrania occidental, y creo que no hablaba ruso, pues conmigo siempre hablaba en español. Ella había llegado a Cuba muy joven, con unos 18 años, huyendo de la Revolución y la Guerra Civil en su país, y a pesar de haber vivido la mayor parte de su vida en la isla, conservaba un acento bastante fuerte. Era extranjera, como mi madre, pero a la vez era diferente, como salida de otro mundo. Años más tarde, cuando aprendí a leer y me hice adicta a la lectura, descubrí que en su casa había un sólo libro, y estaba en ucraniano. Eran las fábulas del poeta ruso Krilov. ¿Por qué un libro de un autor ruso, y en ucraniano?

En su casa no había televisor, pero eso me no me asombraba, pues en mi propia casa tampoco había, era un equipo que sólo se podía comprar a través del sindicato, por méritos especiales en el trabajo.

Lo que sí me llamaba la atención era la cantidad de flores que había, tanto dentro de la casa, en enormes floreros en la sala, el comedor, los dormitorios, y en el jardín que rodeaba su bello chalet. Josefa se pasaba el día entero trabajando en el jardín, podando las flores, desyerbando, recogiendo gusanos. Tenía además una verdadera guerra con una enormes hormigas llamadas «bibijaguas»que se comían sus plantas y eran muy listas. Todos los días les echaba «luz brillante», keroseno en sus cuevas. De tanto trabajar en la tierra sus manos estaban bastante deformadas y arrugadas, eran las manos de una campesina. Creo que a Josefa simplemente le gustaban mucho las flores, pues no recuerdo que en su jardín creciera algo más práctico, algo que fuera comestible. Sólo flores, arbustos, árboles florecientes como el flamboyán. Casi todos los días cortaba flores frescas y hacía bellas composiciones para adornar su hogar. Todos los día cambiaba el agua en cada florero.

Josefa había sido criada y después ama de llaves de una familia muy rica. Su marido y ella habían construido aquella casa de dos plantas, habían sembrado aquel jardín y habían tenido un sólo hijo. Josefa mantenía su casa perfectamente arreglada y limpia, le cocinaba cada día a su perro Pelusín, preparaba magníficos almuerzos y cenas para nosotras, siempre estaba trabajando. Dos veces a la semana iba en autobús a un minimax (el nombre se conservaba intacto, pero no el surtido, desgraciadamente), a comprarle a Pelusín «carne de perro», una mezcla que vísceras y residuos de mataderos que sólo podía comprarse en aquel lugar. Y además iba todos los domingos a misa. Josefa era católica, y fue en su casa que descubrí un buen día que existía la Navidad, y que el niñito del nacimiento estaba relacionado de algún modo con el cuadro de «Sagrado corazón» de Jesús que estaba colgado en su dormitorio. Era un cuadro donde el corazón de Jesús aparecía por encima de la ropa (había cuadros así en muchas casas) y me parecía muy misterioso, pero nunca logré que me explicara nada.

Muchas cosas en la vida de Josefa eran para mí nuevas e inexplicables: me encantaban las guirnaldas que ponía en Navidad en su puerta (ahora sospecho que las hacía ella misma, pues eran de flores naturales), me gustaba muchísimo el arbolito que ponía, artificial, por supuesto, pues en Cuba no crecen los pinos, pero con unas bombillas y luces preciosas. El nacimiento con las figuritas de animalitos me gustó tanto que llegué a pedirle a mis padre que me hicieran uno también. No me respondieron nada.

Por supuesto, Josefa tenía también algunas cosas que no me gustaban, por ejemplo, ella pensaba que los niños debían dormir la siesta, y yo odiaba dormir por el día. Creía que después de comer uno no se podía tomar un baño, pues era muy malo para la digestión y podía darte una embolia. No me dejaba nunca curiosear en la habitación de su hijo, quien había muerto hacía muchos años. Su cuarto permanecía intacto, como si él estuviera viviendo todavía allí. Su marido también había muerto, Josefa vivía completamente sola y no tenía ningún familiar en Cuba.

Mi madre intentó ayudarla para que invitara a algún pariente de Ucrania, pero resultó imposible, no les daban permiso de salida a ninguno. A la pobre Josefa tampoco le permitieron ir a visitarlos, a pesar de que habían pasado tantos años, su país no quería saber nada de ella.

Ya cuando tenía unos 9 o 10 años dejamos de ver a Josefa y yo me olvidé de su existencia. Un día estaba paseando por su barrio, Atabey, y pasé delante de su casa. La reconocí enseguida, y quise pasar a saludarla. Pero algo había cambiado, los balances que estaban siempre en el portal habían desaparecido, y ¡ya no había flores! Esa misma tarde le pregunté a mi madre por mi querida niñera, y me dijo que había muerto. Las hormigas habían acabado con su bello jardín, y en su casa estaban viviendo personas desconocidas…

среда, 13 мая 2009 г.

Un paraíso perdido

Lo que más impresiona de Cuba a un extranjero que la visita por primera vez suele ser la jovialidad de la gente. Los cubanos son alegres, dicharacheros, abiertos. Todo lo contrario a los rusos, que suelen ser muy reservados. Incluso en los momentos más difíciles los cubanos conservan el sentido del humor. Los rusos hacen bromas también, pero más bien post factum; además, hay cosas de las que no se reirían jamás, pues tienen muy desarrollado el sentido de lo trágico. El criollo es capaz de reírse de cualquier cosa. Una de las anécdotas más reveladoras al respecto la contaba mi madre, Viera Kónina , de origen ruso, quien se fue a vivir a la isla con su marido cubano, Reinaldo Pérez Lovelle, en el año 1969.
En Cuba ellos vivían al principio en la provincia de Oriente, con la familia de mi padre, y al cabo de cierto tiempo ella tuvo que hacer un viaje a La Habana conmigo. Hasta Santiago de Cuba llegamos en un autobús o «guagua» que había sido fabricado mucho antes de la segunda guerra mundial y sin muchas intenciones de hacer precisamente un autobús y no un camión. Pero lo más interesante empezó después. Debíamos viajar en un avión que le pareció desde el inicio muy poco fiable, pues era también muy viejo. Sin embargo, el uso de equipos y máquinas extremadamente antiguas era bastante común también en su país, y como no quedaba otro remedio, nos subimos. Pero sus presentimientos no habían sido vanos. En efecto, cuando ya llevábamos volando más de una hora, el avión empezó a caerse. Por suerte, no era una caída definitiva, en picada, más bien iba alternando caídas y ascensos, pero las bajadas eran mayores. Sin embargo, lo que más le impresionó a mi madre fue la reacción de la gente. No se trataba de una simple turbulencia, había un problema con los motores y en cualquier momento podíamos caernos al mar, pero todos se reían y bromeaban, como si estuviéramos en un parque de diversiones. Alguien dijo: “¡Esto es una Montaña Rusa!”, y cuando el avión comenzó nuevamente a descender, todos gritaron al mismo tiempo “¡Ah!”, como si estuvieran montando realmente en un tren de dicha instalación. Nadie se puso histérico, nadie lloró, todos estaban muy alegres.
Me resulta curioso que en Rusia esa misma instalación se llame “Montaña Americana”; nombre que por lo menos sería más correcto, pues en Rusia montañas realmente hay pocas, casi todo el territorio es plano como una bandeja. Cuando el avión logró por fin aterrizar, todos se bajaron de él como si no hubiera pasado nada, y mi madre, impresionada, pensó que aquella gente, al parecer, no le tenía miedo a nada, o por lo menos eso es lo que pretendía aparentar.
Muchas cosas le parecieron muy raras y extravagantes, aunque ella también le parecía rara a la gente. Ella ya había estado en Cuba dos años antes, en 1967, antes de casarse, de vacaciones, y la asombró mucho que en La Habana por las noches en los puestos de verduras nadie guardaba las hortalizas, y dejaban lomas enteras de coles, zanahorias, malangas sin ningún cuidado en la calle, nadie se robaba nada. Resulta imposible imaginar una situación así en La Habana actual. En el pueblito donde vivía la familia de mi padre, Palmarito de Cauto, nadie cerraba las puertas de las casas, incluso cuando todos salían a pasear.
Durante ese primer viaje la isla le pareció paradisíaca, todo era exuberante, floreciente, los colores del trópico, la luz, los pájaros. Le maravilló además la abundancia de pequeños comercios donde vendían jugos naturales, tamales, maní, helados.
Ya cuando volvió en 1969 el cuadro había cambiado bastante. Ya nadie dejaba las viandas en la calle, se habían cerrado todos los pequeños comercios, y los alimentos estaban “racionados”, lo que significaba que sólo se podían comprar por la “libreta”, o “cartilla de racionamiento”. Para tener una libreta había que tener donde vivir, y mis padres no tenían ningún familiar en La Habana que estuviera dispuesto a inscribirlos en la suya. Quedaba la alternativa de comer en los comedores obreros, que además eran prácticamente gratis, y así era como resolvía el problema mi padre, que además se pasaba casi todo el día en el trabajo. No es que la comida fuera muy buena, en los comedores habían triunfado, para no irse nunca más, los “tres mosqueteros”, como los bautizó el ocurrente cubano de a pie, «el arroz blanco, el chícharo y los huevos». Mi madre también podría venir a comer al trabajo de su marido, al instituto médico Victoria de Girón, pero para eso tenía que caminar a pie unos 10 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, bajo en sol, con una niña pequeña (mi humilde persona) a rastras o en brazos. En fin, que no resultaba una tarea fácil. Es por eso que casi todos los vestidos de mi madre, sus manteles, cortinas, zapatos y demás atuendos fueron cambiados por carne, patatas, verduras, y otras cosas mucho más necesarias para sobrevivir.
Pero no todo resultaba tan dramático. Aquel mundo era nuevo para ella, y ante todo necesitaba comunicarse. Como ella no hablaba nada de español, mi padre le aconsejó estudiar el idioma como los niños, hablando. (¡Mi padre inventó el método comunicativo, tan popular actualmente en las escuelas de idiomas, hace más de 40 años! ¡Qué pena que no se le ocurrió pedir derechos de autor!)
Pero este método a mi madre no le resultaba muy efectivo, pues aprendía sólo vocabulario coloquial. Además, entender a la gente era bastante difícil, todos hablaban muy rápido y sin pausas entre las palabras, así que a veces le parecía que las palabras en español eran interminables. Alguien le aconsejó que leyera algún libro que ya había leído en ruso. Mi madre eligió “Los ratones ciegos”, de Agatha Cristie. Pero no se le ocurrió fue que los dos idiomas tuvieran un orden diferente de palabras, y por eso ella pensaba que ratones significaba en español ciegos, y ciegos se les llamaba a los ratones. En ruso el adjetivo siempre va delante del sustantivo, y en español es a la inversa.
Un día vino a visitarla un cubano ya un poco mayor, de los viejos comunistas, de los de antes de la revolución. El sentía mucha simpatía por la Unión Soviética y quería conocer, por fin, a una representante de ese país. Por razones que desconozco, la conversación giró en torno a un tema tan sofisticado como la Segunda Guerra mundial y el bloqueo de Leningrado. La conversación más bien parecía un monólogo del visitante, pues era muy poco lo que mi madre podía formular en español en esa época. El hombre le contó todo lo que sabía acerca de ese tema y estaba muy contento de haber encontrado un tema de conversación tan interesante para los dos.
Mi madre intentaba decirle algo, pero no lograba interrumpirlo. Por fin alcanzó a hilvanar una frase: “Había mucha hambre, y la gente se comió a todos los ciegos (ella pensaba que estaba diciendo “ratones”). Y cual fue su asombro al ver la cara indignada de su interlocutor, que no daba crédito a lo que acababa de oír: “¿Pero cómo? ¿A los ciegos? ¡Cómo es posible!.. ¡Eso no puede ser verdad! ¡Usted se está burlando de mí! Y yo que no creía en la propaganda americana..” Y mi madre insistía: “Sí, sí, se comieron a todos, todos los ciegos.” Al final el hombre se fue sin despedirse, dejando a mi madre no menos asombrada y perpleja. Sólo por la noche, cuando vino mi padre, se descubrió el motivo de su enfado.
Una historia similar le ocurrió poco tiempo después, cuando regresaba del instituto de mi padre. Había ido a hacerle una visita y a almorzar, y a mí me había dejado con una vecina. Como hacía bastante calor y estaba cansada, decidió parar un coche particular. En Cuba a hacer autostop le llaman «tomar botella», y llevar a alguien que está haciendo autostop, “dar una botella». Enseguida se paró un auto bastante moderno y el hombre, muy atento, decidió llevarla justo al lugar a donde ella iba, al reparto Mayanima, y todo esto completamente gratis. Para mi madre el hecho de que alguien la llevara gratis era bastante asombroso, pues en Rusia los conches particulares también podían llevarte a cualquier sitio, como si fueran taxis, pero había que pagarles. Durante el viaje ella permaneció callada, pero al despedirse, además de dar las gracias y para mostrar su agradecimiento aún más, le dijo : «¡Usted es muy abandonado!», - con lo que dejó al hombre completamente perplejo.
«¿Yo, abandonado? ¿Por qué me dice eso?».
Mi madre había querido decirle que él era muy bondadoso, pero de la palabra «bondad» había creado el adjetivo «abandonado», cuyo significado es bastante diferente.

суббота, 2 мая 2009 г.

ENTRE DOS CULTURAS

De madre rusa y padre cubano, soy una ¨polovina¨, como nos suelen llamar en Cuba, «aguatibia». Viví los primeros 20 años de mi vida en la isla, y casi la misma cantidad de tiempo llevo viviendo en Rusia. Pero los primeros recuerdos que guardo de mi infancia son de Cuba, del mar. En la playa de Mayanima viví casi un año. Era un barrio muy tranquilo, bastante lejos del centro de la ciudad, y allí vivían algunas familias acomodadas en casitas como las de la canción de Víctor Jara, muy popular en Cuba en esa época, «Las casitas del Barrio Alto». Recuerdo que había cientos de cangrejos, yo les tenía miedo, me parecían muy extraños, seres de otro mundo. Por las tardes salían a pasear y a buscar alimento, así que la arena parecía desplazarse junto a ellos. A esa hora la playa se convertía en la playa de los cangrejos. Después dejó de serlo, creo que se los comieron, la gente los cazaba por las noches con linternas y los metía en sacos, o los pobres se fueron a otra playa, con menos gente. Había un cangrejo que era fumador, pues se robaba las colillas de mi padre y se las llevaba a su cueva, mi padre decía que se alimentaba de ellos, debió haber terminado mal, y también una mariposa borracha que se posaba en su vaso de cerveza y se bebía los restos. Era una mariposa nocturna enorme, negra, de esas que miden más de 10 centímetros, y me parecía completamente natural que se bebiera hasta un vaso entero. En realidad era mi padre el que se bebía el vaso, pero le gustaba gastar bromas, y yo me las creía).

Mis padres tenían muchos amigos, en casa casi siempre había visitas. A mí no me gustaba mucho que viniera tanta gente, pues tenía que responder a las preguntas tontas de las personas mayores. Toda mi vida me ha resultado muy difícil responder a preguntas tontas. La mayoría de la gente hace preguntas porque no sabe cómo hablar con un niño. La pregunta más tonta era la de mi nacionalidad: ¿Tú eres rusa o cubana? Como si eso dependiera de mí. Como si de eso dependiera algo. Si digo que soy rusa o que soy cubana, eso no cambia nada dentro de mí. Son solamente palabras. Normalmente la gente pregunta estas cosas como si la respuesta fuera evidente. Es como cuando te preguntan a quién quieres más, a tu mamá o a tu papá. La única respuesta correcta sería «A los dos». Igual si me preguntaran por la nacionalidad, no sabría por cuál decidirme, más cuando se trata de dos culturas tan diferentes. ¿Qué prefiero, la literatura rusa del siglo 19 o los carnavales de la provincia Santiago, en los pueblos pequeños de Oriente de la isla, donde todo el mundo sale a bailar a las calles? Son fenómenos culturales incomparables, y yo me quedo con los dos, porque los dos me gustan.

Elegir entre Rusia y Cuba sería como elegir entre mi padre y mi madre, entre mi padre cubano y mi madre rusa. Escoger a uno sería traicionar al otro, por eso prefiero decir que soy las dos cosas a la vez. Soy mitad rusa y mitad cubana, como aquellos animales míticos que eran hombre y animal a la vez, soy “polovina”, soy “mitad”, mitad persona y mitad animal. Claro que me gustaría ser la mitad de un animal más o menos simpático, un perro o un caballo, por ejemplo, o de un león o una leona, y no ser un Minotauro, por ejemplo…

En Mayanima vivimos “prestados” en casa de un colega de mi padre hasta que cumplí los cuatro años. Cómo mi padre era de Oriente, no teníamos dónde vivir, a pesar de que él había empezado a trabajar en el Instituto de Ciencias médicas «Victoria de Girón». Mi madre no trabajaba al principio, la recuerdo lavando a mano en un lavadero, y me recuerdo a mí misma metida en un cubo de agua. Cabía completa en un cubo no muy grande, así que debía estar bien pequeña.

Por las tardes bajaba el calor y paseábamos por nuestro barrio, situado bastante cerca del mar. A veces mi padre no estaba con nosotras, tenía que trabajar mucho y su trabajo quedaba bastante lejos. Además, había muchísimos problemas con el transporte, o podría decirse que no existía prácticamente ningún transporte público. Cuando paseábamos mi madre y yo, la gente nos miraba con mucha curiosidad y hacía comentarios en voz alta, como mi madre no hablaba todavía español, podían decir lo que quisiera. Pero yo sí que los entendía. Los niños que vivían allí me gritaban casi siempre “la rusita”, “allí va la rusita”, aunque físicamente de rusa no tengo nada, soy morena de ojos oscuros y pelo negro. A mí me molestaba mucho que me llamaran así, por eso se me ocurrió la siguiente respuesta: “Yo no soy ninguna rusita. ¡Me llamo Verónica Pérez Cubana!” En realidad me llamo Verónica Pérez Kónina y mi segundo apellido, “Kónina”, lo transforme en nacionalidad. Era curioso que precisamente se tratara de mi apellido ruso, el apellido de mi madre.

Y desde esa época me persigue ese sentimiento de patriotismo multiplicado por dos. Si alguien en mi presencia critica a Cuba, me siento aludida y salto a defenderla de inmediato. En Moscú yo trabajo como profesora de español, y cuando una alumna me dijo que en Cuba no existía cine, que los cubanos no eran capaces de hacer películas porque se pasaban el tiempo bailando, me sentí muy ofendida.¡Y la película «Fresa y chocolate» de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, que incluso fue nominada al Oscar como película extranjera! ¡Y todos los documentales que se hacen actualmente en el ISA, Instituto Superior de Arte, y la Escuela Nacional de Cine de San Antonio de los Baños, fundada por Gabriel García Márquez! El cine cubano no se conoce en Rusia, es verdad, pero esa chica acababa de llegar de Cuba…

También me resultó muy chocante el comentario de una colega, profesora de español, cubana. Cuando le conté que estaba buscando información sobre la huella que había dejado la cultura rusa en la cultura cubana, me dijo que los rusos no habían dejado nada en Cuba, y si habían dejado algo, nada bueno sería. Esta vez me tocó ofenderme por los rusos. En 30 años de relaciones tan estrechas que hubo entre los dos países, no es posible que no haya surgido aun fusión, una penetración mutua de culturas. Por sólo mencionar el ejemplo más evidente, el ballet cubano, que antes de la revolución era muy poco representativo, y ahora está entre los mejores de América y del mundo.