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среда, 13 мая 2009 г.

Un paraíso perdido

Lo que más impresiona de Cuba a un extranjero que la visita por primera vez suele ser la jovialidad de la gente. Los cubanos son alegres, dicharacheros, abiertos. Todo lo contrario a los rusos, que suelen ser muy reservados. Incluso en los momentos más difíciles los cubanos conservan el sentido del humor. Los rusos hacen bromas también, pero más bien post factum; además, hay cosas de las que no se reirían jamás, pues tienen muy desarrollado el sentido de lo trágico. El criollo es capaz de reírse de cualquier cosa. Una de las anécdotas más reveladoras al respecto la contaba mi madre, Viera Kónina , de origen ruso, quien se fue a vivir a la isla con su marido cubano, Reinaldo Pérez Lovelle, en el año 1969.
En Cuba ellos vivían al principio en la provincia de Oriente, con la familia de mi padre, y al cabo de cierto tiempo ella tuvo que hacer un viaje a La Habana conmigo. Hasta Santiago de Cuba llegamos en un autobús o «guagua» que había sido fabricado mucho antes de la segunda guerra mundial y sin muchas intenciones de hacer precisamente un autobús y no un camión. Pero lo más interesante empezó después. Debíamos viajar en un avión que le pareció desde el inicio muy poco fiable, pues era también muy viejo. Sin embargo, el uso de equipos y máquinas extremadamente antiguas era bastante común también en su país, y como no quedaba otro remedio, nos subimos. Pero sus presentimientos no habían sido vanos. En efecto, cuando ya llevábamos volando más de una hora, el avión empezó a caerse. Por suerte, no era una caída definitiva, en picada, más bien iba alternando caídas y ascensos, pero las bajadas eran mayores. Sin embargo, lo que más le impresionó a mi madre fue la reacción de la gente. No se trataba de una simple turbulencia, había un problema con los motores y en cualquier momento podíamos caernos al mar, pero todos se reían y bromeaban, como si estuviéramos en un parque de diversiones. Alguien dijo: “¡Esto es una Montaña Rusa!”, y cuando el avión comenzó nuevamente a descender, todos gritaron al mismo tiempo “¡Ah!”, como si estuvieran montando realmente en un tren de dicha instalación. Nadie se puso histérico, nadie lloró, todos estaban muy alegres.
Me resulta curioso que en Rusia esa misma instalación se llame “Montaña Americana”; nombre que por lo menos sería más correcto, pues en Rusia montañas realmente hay pocas, casi todo el territorio es plano como una bandeja. Cuando el avión logró por fin aterrizar, todos se bajaron de él como si no hubiera pasado nada, y mi madre, impresionada, pensó que aquella gente, al parecer, no le tenía miedo a nada, o por lo menos eso es lo que pretendía aparentar.
Muchas cosas le parecieron muy raras y extravagantes, aunque ella también le parecía rara a la gente. Ella ya había estado en Cuba dos años antes, en 1967, antes de casarse, de vacaciones, y la asombró mucho que en La Habana por las noches en los puestos de verduras nadie guardaba las hortalizas, y dejaban lomas enteras de coles, zanahorias, malangas sin ningún cuidado en la calle, nadie se robaba nada. Resulta imposible imaginar una situación así en La Habana actual. En el pueblito donde vivía la familia de mi padre, Palmarito de Cauto, nadie cerraba las puertas de las casas, incluso cuando todos salían a pasear.
Durante ese primer viaje la isla le pareció paradisíaca, todo era exuberante, floreciente, los colores del trópico, la luz, los pájaros. Le maravilló además la abundancia de pequeños comercios donde vendían jugos naturales, tamales, maní, helados.
Ya cuando volvió en 1969 el cuadro había cambiado bastante. Ya nadie dejaba las viandas en la calle, se habían cerrado todos los pequeños comercios, y los alimentos estaban “racionados”, lo que significaba que sólo se podían comprar por la “libreta”, o “cartilla de racionamiento”. Para tener una libreta había que tener donde vivir, y mis padres no tenían ningún familiar en La Habana que estuviera dispuesto a inscribirlos en la suya. Quedaba la alternativa de comer en los comedores obreros, que además eran prácticamente gratis, y así era como resolvía el problema mi padre, que además se pasaba casi todo el día en el trabajo. No es que la comida fuera muy buena, en los comedores habían triunfado, para no irse nunca más, los “tres mosqueteros”, como los bautizó el ocurrente cubano de a pie, «el arroz blanco, el chícharo y los huevos». Mi madre también podría venir a comer al trabajo de su marido, al instituto médico Victoria de Girón, pero para eso tenía que caminar a pie unos 10 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, bajo en sol, con una niña pequeña (mi humilde persona) a rastras o en brazos. En fin, que no resultaba una tarea fácil. Es por eso que casi todos los vestidos de mi madre, sus manteles, cortinas, zapatos y demás atuendos fueron cambiados por carne, patatas, verduras, y otras cosas mucho más necesarias para sobrevivir.
Pero no todo resultaba tan dramático. Aquel mundo era nuevo para ella, y ante todo necesitaba comunicarse. Como ella no hablaba nada de español, mi padre le aconsejó estudiar el idioma como los niños, hablando. (¡Mi padre inventó el método comunicativo, tan popular actualmente en las escuelas de idiomas, hace más de 40 años! ¡Qué pena que no se le ocurrió pedir derechos de autor!)
Pero este método a mi madre no le resultaba muy efectivo, pues aprendía sólo vocabulario coloquial. Además, entender a la gente era bastante difícil, todos hablaban muy rápido y sin pausas entre las palabras, así que a veces le parecía que las palabras en español eran interminables. Alguien le aconsejó que leyera algún libro que ya había leído en ruso. Mi madre eligió “Los ratones ciegos”, de Agatha Cristie. Pero no se le ocurrió fue que los dos idiomas tuvieran un orden diferente de palabras, y por eso ella pensaba que ratones significaba en español ciegos, y ciegos se les llamaba a los ratones. En ruso el adjetivo siempre va delante del sustantivo, y en español es a la inversa.
Un día vino a visitarla un cubano ya un poco mayor, de los viejos comunistas, de los de antes de la revolución. El sentía mucha simpatía por la Unión Soviética y quería conocer, por fin, a una representante de ese país. Por razones que desconozco, la conversación giró en torno a un tema tan sofisticado como la Segunda Guerra mundial y el bloqueo de Leningrado. La conversación más bien parecía un monólogo del visitante, pues era muy poco lo que mi madre podía formular en español en esa época. El hombre le contó todo lo que sabía acerca de ese tema y estaba muy contento de haber encontrado un tema de conversación tan interesante para los dos.
Mi madre intentaba decirle algo, pero no lograba interrumpirlo. Por fin alcanzó a hilvanar una frase: “Había mucha hambre, y la gente se comió a todos los ciegos (ella pensaba que estaba diciendo “ratones”). Y cual fue su asombro al ver la cara indignada de su interlocutor, que no daba crédito a lo que acababa de oír: “¿Pero cómo? ¿A los ciegos? ¡Cómo es posible!.. ¡Eso no puede ser verdad! ¡Usted se está burlando de mí! Y yo que no creía en la propaganda americana..” Y mi madre insistía: “Sí, sí, se comieron a todos, todos los ciegos.” Al final el hombre se fue sin despedirse, dejando a mi madre no menos asombrada y perpleja. Sólo por la noche, cuando vino mi padre, se descubrió el motivo de su enfado.
Una historia similar le ocurrió poco tiempo después, cuando regresaba del instituto de mi padre. Había ido a hacerle una visita y a almorzar, y a mí me había dejado con una vecina. Como hacía bastante calor y estaba cansada, decidió parar un coche particular. En Cuba a hacer autostop le llaman «tomar botella», y llevar a alguien que está haciendo autostop, “dar una botella». Enseguida se paró un auto bastante moderno y el hombre, muy atento, decidió llevarla justo al lugar a donde ella iba, al reparto Mayanima, y todo esto completamente gratis. Para mi madre el hecho de que alguien la llevara gratis era bastante asombroso, pues en Rusia los conches particulares también podían llevarte a cualquier sitio, como si fueran taxis, pero había que pagarles. Durante el viaje ella permaneció callada, pero al despedirse, además de dar las gracias y para mostrar su agradecimiento aún más, le dijo : «¡Usted es muy abandonado!», - con lo que dejó al hombre completamente perplejo.
«¿Yo, abandonado? ¿Por qué me dice eso?».
Mi madre había querido decirle que él era muy bondadoso, pero de la palabra «bondad» había creado el adjetivo «abandonado», cuyo significado es bastante diferente.

2 комментария:

  1. Verdaderamente era toda una aventura. Por las fechas supongo que tu padre fue a Rusia a estudiar en el año 1964 o 65. Aún estábamos en los años de la inocencia. Yo fui justo en el año 69, pasada la "ofensiva revolucionaria" en la que no quedó un negocio privado de ningún tipo que no fuera "nacionalizado" y ya se aoreciaban las consecuencias de aquella acción que hoy podemos reconocer como una soberana estupidez.
    Muchos nos enamoramos en Rusia; algunos para toda una vida. En nuestro caso, nuestras parejas eran, aparte de significado genuino, nuestro país, nuestro entorno, la nostalgia, papá y mamá. El cambio era muy fuerte: el idioma, la idiosincrasia, la música, el entorno. Todo era nuevo, extraño y ajeno pero que nos atrapaba porque aquellas gentes hacian gala de un hospitalidad a la cual no éramos nada indiferentes. Muchos dejamos novias... y algo más. Nos regresamos con nuestros recuerdo, con los buenos recuerdos y la experiencia vivida.

    Verónica: gracias por tus recuerdo. Me los voy a apropiar para mí!!!

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  2. Tiene una habilidd asombrosa para obligarme retroceder en el tiempo. Dig retrocede porque quien ha vivido tal experiencia no lo olvida nunca. Gracias nuevamente

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